Mamá, quiero ser artista

By Gabinete Comunicación IICV, 25/05/2015

Juanjo Pérez, Secretario de la ETSI Industriales

“Hay dos decisiones que condicionan la vida de una persona: qué estudios realiza y con quién se casa, aunque en esta última no nos metemos”. Esta frase es la que, como moderador, uso para abrir la mesa redonda  a la que acuden nuestros futuros alumnos en las jornadas de puertas abiertas de la UPV. Y es que no todos tienen tan claro como Conchita Velasco lo que van a ser de mayores. Pero, déjenme que les cuente. Desde el principio…

La Universitat Politècnica de València realiza todos los años un esfuerzo importante para informar a los futuros alumnos sobre los títulos que se pueden estudiar en cualquiera de sus campus. Así, varias veces al año, es fácil observar a grandes grupos de adolescentes, aún con acné entre sus uñas, pasear por la universidad –ora a este salón de actos, ora a este centro–. Jóvenes en cuyas caras rara vez se vislumbra el más ligero indicio de tener idea de su futuro. Y la verdad, no les culpo: cuando yo entré a estudiar en la UPV teníamos para elegir Arquitectura, Industriales, Caminos y Agrónomos, tanto en versión corta como larga.  Y chimpúm, sanseacabó: no había más. Y ahora, cuando uno explora el catálogo de títulos del ministerio tiene que tener abierta la Wikipedia y tomarse dos biodraminas para entender las diferencias entre unos títulos y otros.

A aquellos alumnos que eligen estudiar en la Rama Industrial se les ofrece participar en una mesa redonda sobre los títulos ofertados por la UPV en dicha rama. Y, voilà, es aquí donde aparezco yo como moderador de la mesa en la que concurre un ponente de nuestra ETS de Ingenieros Industriales, y otro de la ETS de Ingeniería del Diseño. Les confieso que, en realidad, en ocasiones mis funciones como moderador se parecen a las de los cascos azules de la ONU. Pero esa es otra historia.

Universidad_Politécnica_de_Valencia

Y allí, en esas mesas redondas, es donde me lo paso pipa: los quince minutos previos al inicio, mientras los futuros alumnos deambulan hacia el salón de actos, o mientras entran y esperan a que yo arranque a hablar, son interesantísimos desde el punto de vista sociológico para mí. Los exploro. Los miro. Me siento una suerte de Félix Rodríguez de la Fuente, o un batablanca mirando sus bichitos a través de un microscopio y, créanme, muchas de las observaciones darían lugar a más de una entrada a este blog. Como aquel que, acompañado por sus padres al acto, andaba con parsimonia e indiferencia a pesar de la lluvia, con ambas manos en los bolsillos de un chándal que a gritos pedía ser lavado, mientras su padre se afanaba por sostenerle un paraguas sobre su cabeza para evitar que se mojara. Genial metáfora de las reflexiones que hago más adelante y que se resumen en gritarle al chaval “coge tú el puto paraguas y las riendas de tu destino”. Y es que, lo más seguro, esos bichitos jamás han tomado una decisión importante en sus vidas por ellos mismos: del vientre materno a la guardería; de ahí al colegio; luego al instituto y ahora, por fin, a elegir uno –y solo uno– de entre el centenar de títulos de grado que en total tienen a su alcance. Apabullante en grado sumo.

Personalmente, estoy convencido de que todos nosotros tenemos a esa edad una vocación, una habilidad superior a la que tienen los demás en alguna materia. El problema está en que, mientras que algunos exteriorizan esa habilidad desde pequeñitos, otros la tienen enterrada entre habilidades impuestas por agentes exteriores. El futuro alumno debe ser consciente de la importancia de su decisión y, por tanto, ser protagonista de ella y no un actor secundario –papel elegido muchas veces por ellos mismos por pura perrería– como a veces ocurre.

Y la importancia de ella está no en los cuatro o seis años dedicados a estudiar un título, sino en que desde que acaben los estudios hasta que se jubilen –cada vez más tarde–, van trabajar en ello. Y, como seguro saben, no es lo mismo levantarse todos los días con ilusión por ir a trabajar, que levantarse asqueado un día más. Me viene a la mente el caso de un buen amigo que eligió estudiar Historia del Arte casi por azar para descubrir años después que tenía una increíble facilidad para los idiomas. Ahora es feliz, me insiste que les cuente, como interprete y guía en un importante consistorio. O aquél alumno que solicitó traslado de expediente desde nuestro Grado en Tecnologías Industriales al Grado en Podología. O aquella otra alumna que, tras unos brillantísimos estudios en Ingeniería Industrial, decidió que lo que en realidad le gustaba era Fisioterapia. En esa búsqueda de lo mejor para nuestros hijos confundimos la nota de selectividad con moneda de cambio para estudiar lo más caro. Y no. Una alta nota en selectividad nos permite elegir entre más opciones, pero no debería ser en absoluto, insisto, la más cara. Hasta que no se entienda e interiorice bien esto, una elección acertada resulta casi imposible.

Y ya con el salón de actos a rebosar, acerco lentamente mi boca al micrófono, me detengo, espero a que se haga el silencio y digo: “Hay dos decisiones que condicionan la vida de una persona: qué estudios realiza y con quién se casa, aunque en esta última no nos metemos”. Entonces dejo unos segundos para que se rían, y continúo.